Hay algo en el fútbol que todavía logra lo que casi nada consigue. Durante noventa minutos, personas que no se conocen respiran al mismo tiempo. Un país se sienta frente a una pantalla. Una familia vuelve a reunirse alrededor de una mesa. Un niño aprende el nombre de una nación que tal vez nunca ha visitado. Un adulto, que quizá ya no cree en demasiadas cosas, vuelve a gritar un gol como si por un instante el mundo todavía pudiera sorprenderlo.
Eso tiene algo de milagro.
Y, sin embargo, no podemos mirar un Mundial como si fuera solamente una fiesta limpia, perfecta, inocente.
Estos grandes espectáculos también nos muestran el otro rostro de nuestra época: el dinero desmedido, las ciudades maquilladas, las prioridades desviadas, los pueblos que celebran mientras otros reclaman, los estadios llenos y las preguntas muchas veces sin respuesta.
Pero quizá por eso mismo el fútbol nos revela tanto.
Porque en una misma cancha cabe la belleza y la contradicción. Cabe la infancia y el negocio. Cabe la camiseta humilde y el palco poderoso. Cabe el pueblo que canta, el niño que sueña, la madre que prepara la comida antes del partido, el migrante que llora al escuchar su himno lejos de casa.
Y también cabe el espejo.
Porque el fútbol no solo nos reúne. También nos muestra. Nos muestra lo que somos capaces de amar, descuidar, formar o desperdiciar.
Quienes no tenemos el privilegio de asistir a este Mundial también podemos mirar hacia adentro y preguntarnos qué estamos haciendo con el fútbol en nuestro propio país.
No hablo solamente de ver partidos, comentar resultados, celebrar victorias o sufrir derrotas. Hablo de lo que construimos alrededor de ese sueño. De los niños y adolescentes que necesitan espacios reales para formarse. De las canchas que faltan. De las instalaciones que no existen. De los preparadores físicos que deberían estar. De los procesos que se improvisan. De las decisiones que se toman tarde, mal o sin visión.
También hablo de quienes tienen responsabilidades concretas y deberían preguntarse, con absoluta honestidad, si de verdad están haciendo el trabajo para el que fueron elegidos.
Porque el fútbol no empieza en un estadio lleno.
Empieza en una plaza de barrio. En una escuela. En una cancha de tierra. En un niño que corre detrás de una bola con más ilusión que zapatos. Empieza en la disciplina silenciosa, en el entrenador que forma carácter, en la familia que acompaña, en las oportunidades que se abren o se cierran demasiado pronto.
Es inevitable recordar a Jorge Luis Pinto. Y no lo digo solamente porque nos llevó a un Mundial y a cuartos de final. Lo digo por algo más profundo: por la disciplina, por el amor a la camiseta, por la pasión con la que entendió que el talento sin orden también se desperdicia.
El fútbol sin pasión y sin disciplina no es nada, como casi todo en la vida.
En los últimos tiempos hemos escuchado demasiadas historias de escándalos, excesos, noches, bares, indisciplina y decisiones que terminan dañando carreras que pudieron ser más grandes. No quiero referirme aquí a ningún nombre en particular. No me interesa convertir esta columna en una lista de acusaciones. Me interesa la pregunta de fondo.
¿Qué hace que un jugador profesional olvide que su cuerpo también es parte de su vocación?
¿Qué hace que alguien que recibió un talento, una oportunidad y una camiseta no comprenda que también recibió una responsabilidad?
Un deportista no solo juega. Se cuida. Se prepara. Se ordena. Entiende que su carrera no se sostiene únicamente con aplausos, contratos o seguidores. Se sostiene con renuncias que casi nadie ve.
Y esto importa, especialmente porque hay niños mirando.
Niños que observan con ojos grandes, abiertos, llenos de admiración. Niños que no solo ven goles. Ven gestos, ven conductas, ven modelos, ven lo que un país aplaude, permite, justifica o exige.
Por eso el Mundial emociona, sí, pero también confronta.
Nos recuerda lo que el fútbol puede ser cuando hay trabajo, visión, disciplina y amor verdadero por una camiseta. Nos recuerda que un país no llega lejos solo por el entusiasmo, sino cuando toma en serio lo que dice amar.
Y quizá por eso una bola de fútbol sigue teniendo tanta fuerza.
Porque nos reúne, pero también nos desnuda.
Nos permite celebrar lo que todavía nos une, pero también nos obliga a mirar lo que hemos descuidado.
No, no quiero mirar este Mundial con ingenuidad, pero tampoco quiero perder la capacidad de reconocer su belleza.
Porque en tiempos donde todo nos divide, donde discutimos por todo, donde cada opinión parece una trinchera, una pelota sigue siendo capaz de reunirnos frente a una misma emoción.
Tal vez eso no arregle el mundo, pero nos recuerda algo que el mundo no debería olvidar: Todavía hay lenguajes que todos entendemos y hay alegrías que no necesitan traducción.
Todavía hay pueblos que, aunque carguen heridas distintas, pueden mirar hacia el mismo centro y esperar, juntos, que ocurra algo parecido a un milagro.
Un abrazo grande para todos,
Gabriela Arrieta Q.




