Ilustración de una mujer caminando con los brazos abiertos hacia un amanecer entre montañas, en una escena que representa sanación, autoestima, esperanza y renacimiento interior.

Hemos llegado

Y entonces llegamos.

No siempre se llega como uno imaginaba. Casi nunca, en realidad. Los grandes viajes tienen esa costumbre extraña de llevarnos por caminos que no estaban en el mapa, de movernos el piso justo cuando creíamos que veníamos buscando otra cosa, de abrirnos una puerta cuando todavía estábamos mirando la pared.

A veces uno cree que está buscando abundancia y termina encontrándose a sí mismo. Cree que está buscando respuestas y termina encontrando preguntas. Cree que viene a sanar una herida y descubre, con asombro, que debajo de esa herida había un don esperando desde hacía años.

La vida es así. Nos lleva por caminos que no entendemos para mostrarnos paisajes que jamás habríamos descubierto de otra manera.

Estos días, mientras cerrábamos el curso Por fin, yo sí, volví a pensar en algo que he aprendido después de muchos años de caminar junto a tantas personas: nadie sale ileso de la vida. Nadie. Todos hemos perdido algo. Todos hemos llorado algo. Todos hemos amado algo que no pudimos conservar. Todos hemos esperado llamadas que nunca llegaron, hemos cerrado puertas que jamás imaginamos cerrar y hemos tenido días donde el alma apenas lograba mantenerse en pie.

Y sin embargo, aquí estamos.

¡Aquí estamos!

Porque a veces olvidamos reconocer la cantidad de valor que hace falta para seguir adelante. La cantidad de fe que hace falta para volver a levantarse. La cantidad de amor que hace falta para volver a abrir el corazón después de haber sido herido. La cantidad de esperanza que hace falta para volver a intentarlo cuando algo dentro de nosotros ya estaba cansado o quebrado.

Y sin embargo lo hicimos.

Una y otra vez.

A nuestra manera, con nuestras fuerzas, con dudas, con lágrimas. Pero lo hicimos.

Tal vez por eso nunca he creído que las heridas sean el final de la historia. Las heridas son parte, pero no la historia completa. He visto demasiadas personas reconstruirse, volver a amar, volver a reír, volver a confiar. He visto demasiadas personas encontrar luz en lugares donde parecía imposible que algo pudiera iluminarse de nuevo.

Y eso me ha enseñado que el alma es mucho más fuerte de lo que imaginamos, mucho más sabia de lo que creemos y mucho más luminosa de lo que recordamos.

Por eso hay algo que quisiera que no olvidáramos: nuestra historia no se compone solamente de los capítulos en donde todo salió bien o las épocas donde fuimos fuertes, claros, impecables o generosos. También importan los capítulos que escribimos con lágrimas, miedo, confusión, con preguntas que todavía no sabemos responder.

Algunas de las personas más sabias que he conocido no fueron las que tuvieron la vida más fácil, por eso algún día, quizás, descubriremos que incluso los caminos más difíciles, tenían algo que enseñarnos. Que algunas tormentas, aunque no las habríamos escogido jamás, dejaron algo valioso a su paso. Tal vez fortaleza o compasión o solo tal vez, la capacidad de mirar a otro ser humano y comprender su dolor sin juzgarlo. Y eso también es un milagro.

Porque los milagros no siempre ocurren fuera de nosotros. Muchas veces ocurren dentro. Ocurren cuando una persona decide perdonar, cuando decide comenzar de nuevo, cuando decide confiar otra vez, cuando decide abrir las manos, cuando decide creer, aunque sea poco a poco, pero creyendo que todavía hay algo hermoso esperándolo más adelante.

Yo lo creo.

Lo creo profundamente.

Creo que todavía existen encuentros que no han sucedido, puertas que no se han abierto, personas que aún no han llegado, abrazos que todavía vienen en camino y sueños que siguen buscando la manera de encontrarnos.

Porque mientras haya vida, la historia no ha terminado. Mientras haya vida, Dios sigue escribiendo, el alma sigue aprendiendo y siempre existirá la posibilidad de un nuevo comienzo.

Por eso no tengamos miedo de volver a empezar. De volver a elegir, de volver a creer. Nadie llega a este mundo para vivir una vida sin sentido. Nadie llega a este mundo para esconder para siempre aquello que vino a ofrecer. Nadie debería permanecer eternamente al borde de su propia existencia, mirando cómo la vida pasa mientras el alma espera su permiso.

Vinimos a vivir. A amar, aprender, a caer y levantarnos. Vinimos a dejar una huella en quienes nos encontramos en el camino.

Y cuando algún día miremos hacia atrás, sospecho que no recordaremos cuánto dinero tuvimos, ni cuántos títulos acumulamos, ni cuántas veces tuvimos razón. Recordaremos a quién amamos y quién nos amó. Nos preguntaremos qué construimos, qué compartimos, qué sembramos y si tuvimos el valor de ser quienes realmente éramos.

Porque al final de todo, la vida no nos preguntará cuánto acumulamos.

La vida nos preguntará cuánto vivimos.

Tal vez por eso este curso que estamos terminando, ha tocado tantas fibras. Porque se trataba de mirar con honestidad la manera en que muchas veces nos dejamos para después. Se trataba de reconocer nuestras heridas sin quedarnos a vivir en ellas,  de abrir las manos, y decir, aquí estoy.

A quienes caminaron conmigo estos días, gracias. Gracias por cada mensaje, por cada historia compartida, por cada silencio, por cada lágrima, por cada descubrimiento. Gracias por haber tenido el valor de mirarse por dentro.

Y a quienes no pudieron estar en vivo, este viaje también puede hacerse en diferido. Porque hay caminos que no pierden fuerza por no haberlos recorrido el primer día. Hay palabras que llegan cuando tienen que llegar. Hay procesos que comienzan exactamente cuando el alma está lista para escucharlos.

Lo importante no es haber llegado antes. Lo importante es llegar.

Y si alguna vez vuelven a olvidar quiénes son, si alguna vez vuelve el miedo, o dudan de ustedes mismos, regresen a este lugar profundo donde el alma recuerda.

Regresen a sus manos abiertas, Regresen a la esperanza. Regresen a esa certeza silenciosa que, aunque a veces se nos olvide, sigue viviendo dentro de nosotros, en la luz que todos llevamos dentro.

Y desde ahí vuelvan a decirlo, suavecito, como un susurro:

¡Por fin, yo sí!

Gabriela Arrieta Q.

 


Gabriela Arrieta Quesada
Gabriela Arrieta Quesada
Gabriela Arrieta Quesada
far fa-envelope

Forme parte de nuestra comunidad

¿Te gustaría recibir dosis de inspiración, noticias sobre nuestros cursos, talleres y conferencias, así como consejos para tu crecimiento personal y espiritual?

Suscribirte a nuestro newsletter es completamente gratuito y te permitirá estar al tanto de todo lo que ofrecemos.  ¡Da ese primer paso! Completa el formulario y comencemos juntos este hermoso viaje.

© 2026 Gabriela Arrieta Quesada. Todos los derechos reservados.
Desarrollo por Medium Estudio Digital

Para pagos por SINPE Móvil el número es 506 8820 9585 y enviá tu comprobante por WhatsApp para confirmar tu inscripción y recibir los accesos correspondientes

Si deseas más información sobre el "Taller: Por fin, yo sí" u otros medios de pago llena el siguiente formulario:

Nombre *
e-Mail *
Teléfono *
País *
Comentarios *