Mujer escribiendo en un cuaderno junto a una ventana al atardecer, en una escena contemplativa que acompaña la reflexión de Gabriela Arrieta sobre la transformación de la humanidad.

Cuando la humanidad llega al mismo punto del mapa

Te has preguntado alguna vez:
¿Qué ocurre cuando la humanidad entera es la que llega al mismo punto del mapa?

Pensálo un momento.

Porque nosotros conocemos bastante bien lo que ocurre cuando una persona entra en una transición, en esos momentos en que la vida -literalmente- se nos desarma y en donde las respuestas que teníamos no alcanzan para contestar aquello que estamos sintiendo o pasando.

Inclusive las estructuras que durante años nos dieron seguridad, desaparecen como si miráramos una película en esas en las que la realidad se desdibuja hasta desaparecer. 

Es en esos momentos, en donde no sabemos qué está pasando, eso lo sabemos “después”, después de que pasa, en el momento, solo estamos en aquel caos que nos lleva de un lado para el otro como si estuviéramos metidos en un laberinto. 

Mientras estamos pasando por una transición o por un momento muy difícil, solo vemos fragmentos de aquello que estamos viviendo.

Y eso, tal vez, es una de las cosas más difíciles de nuestra condición humana: Vivimos la historia antes de comprenderla.

Los historiadores tienen un privilegio que nosotros no tenemos, ellos miran hacia atrás, ponen fechas, encuentran lo que sucedió, lo que disparó tal cosa o la otra y reconstruyen las consecuencias y los actores. 

Nosotros no, nosotros estamos dentro.

Y estar dentro significa que no vemos el dibujo completo.

Nadie que viviera en la Europa del siglo V se levantó una mañana diciendo: “Hoy estoy viviendo la caída del Imperio romano de Occidente” . No, por supuesto que no. Nadie atravesó los primeros años de la Revolución Industrial sabiendo exactamente qué clase de civilización estaba naciendo.

Quienes vieron aparecer las primeras computadoras, aquellas gigantes con discos aún más grandes, no podían comprender todavía lo que significaría vivir tan solo unas décadas después en un planeta conectado casi instantáneamente con un aparatito que cabe en la palma de nuestra mano.

Sí, las épocas reciben su nombre después.

Los que las vivimos, recibimos en el momento solo incertidumbre y sorpresas.

Y hoy, señoras y señores, nos está pasando igual. Hoy nosotros tampoco sabemos cómo llamarán algún día al tiempo que estamos viviendo.

Ni siquiera sabemos a dónde -los habitantes del futuro- marcarán el comienzo ni tampoco cuándo terminó, si es que termina.

Solo sabemos que nos van a conocer como “los históricos” las personas que atravesaron los cambios más insospechados de la Tierra y su raza humana.

Pero, aquí, lo más importante, es que todo sucede y nosotros no sabemos cuándo comenzó ni tampoco qué realmente está sucediendo. 

Pensamos que para que algo esté ordenado, tiene que estar quieto. Que si algo comienza a moverse demasiado, a volverse “inestable” necesariamente estamos frente al caos, pero la naturaleza nos demuestra que no siempre es así, al contrario, cuando en la naturaleza todo se mueve, es porque algo está evolucionando y claramente cambiando.

Pero para nosotros, la pérdida de equilibrio nos genera dudas, enojo, frustración. Porque no sabemos qué sigue, pero sobre todo porque dejamos de tener el control de conocer lo que sucede. 

Quizás uno de nuestros mayores errores cuando atravesamos una transformación es exigirle que se parezca inmediatamente a algo que conocemos. Queremos saber qué viene, darle un nombre, pero sobre todo, queremos recuperar el equilibrio, lo que nos es conocido.

Queremos volver cuanto antes, a sentir que entendemos lo que sucede.

Pero ¿Y si todavía no se puede? ¿Y si hay momentos cuyo sentido solamente aparece después? 

Thomas Kuhn presentó una tesis en algún momento en donde decía básicamente que el problema puede ser “que el sistema desde el cual estamos haciendo las preguntas necesita cambiar”.

Kuhn llamó a esos grandes cambios: “Revoluciones Científicas”.

Tal vez, ésa sea una de las preguntas que nos debemos hacer el día de hoy. ¿Qué ocurre cuando las categorías con las que comprendíamos la realidad dejan de explicar suficientemente aquello que tenemos delante?

Porque, todavía utilizamos “categorías” que nacieron en mundos que ya no existen, ya no podemos pensar en el trabajo con estructuras de otro siglo, o en la comunicación con la estructura de hace algunas décadas… Tampoco podemos pensar en nuestra relación con la Tierra como si todavía pudiéramos imaginarnos separados de aquello que le sucede.

Pero hay algo que aún no hemos mencionado en esta columna, además de todo lo que hemos visto, tenemos la Inteligencia Artificial, la ingeniería genética, la capacidad tecnológica que nos presenta realidades que hasta hace poco era simplemente “ciencia ficción”.

Y para finalizar con broche de oro, nunca habían existido tantos seres humanos simultáneamente sobre este planeta, tampoco habíamos tenido la capacidad para observar la Tierra, desde el espacio y desde adentro.

Tal vez, el grave problema es que nunca habíamos tenido tanta información en tan poco tiempo y una capacidad diezmada para comprender ¿qué significa todo esto?

Hay situaciones que no puedo cambiar, hay situaciones que todos los habitantes de la Tierra, tampoco pueden. Pero lo que sí puedo y lo que sí pueden los otros, es decidir qué hacemos con aquello que sucede y que sucederá.

Porque nuestra libertad nunca consistió en tener control absoluto, quizás esa fue nuestra fantasía.

Porque ninguno de nosotros eligió cada acontecimiento desde esta conciencia humana, ninguno controla la muerte, ni la enfermedad, ni los acontecimientos históricos, ninguno controla la Tierra, ni al Sol ni tampoco controlamos a los demás. 

Entonces, si nuestra definición de libertad exige controlar todo eso, ninguno de nosotros ha sido libre jamás.

Pero existe otra posibilidad…

Que la libertad aparezca exactamente en el punto donde el acontecimiento toca nuestra conciencia.

Ahí, en esa fracción prácticamente invisible entre lo que ocurrió… y aquello que yo elijo hacer con lo ocurrido.

Tal vez, ahí esté uno de los territorios más sagrados del ser humano.

Pierre Teilhard de Chardin fue sacerdote jesuita, geólogo y paleontólogo. Pasó casi toda su vida relacionando dos mundos que la gente de aquel entonces consideraba incompatibles.

Materia y Conciencia, Tierra y Trascendencia, Evolución y Espiritualidad.

Teilhard básicamente dijo que si la Tierra tiene una biosfera, la aparición del pensamiento humano crearía otra dimensión de la vida terrestre a la que llamó noosfera.

Su idea más famosa es que la noosfera se define como una nueva “capa pensante” de la Tierra que se genera a través de la evolución de la mente humana y la interconexión global.

  • Geosfera: la materia inanimada, las rocas y el agua.
  • Biosfera: La vida biológica, las plantas y los animales.
  • Noosfera: La capa del pensamiento, el conocimiento y las relaciones humanas. 

Decía que en la noosfera los seres humanos nos comunicamos, compartimos información y unimos nuestras mentes.

Todo esto visto hoy no suena loco, pero Teilhard murió en 1955 cuando aún no existía el internet, ni los teléfonos inteligentes, ni las redes sociales.

Y, sin embargo, pensó en la humanidad como una especie que comenzaba a adquirir una nueva relación consigo misma precisamente a través de una conciencia cada vez más interconectada.

Lo que sí puedo decir es que por primera vez, una gran parte de la humanidad puede experimentar el mismo acontecimiento prácticamente al mismo tiempo.

Pensálo:

Un terremoto ocurre y segundos después personas en todo el planeta lo saben, es más, lo estamos viendo. Las imágenes y las ideas recorren cinco continentes en segundos y cruzan fronteras.

Nunca antes habíamos compartido de esta manera el miedo, la indignación, la esperanza, la información, la confusión, la mentira.

Esto tiene que significar algo para nuestra experiencia como especie, no sé todavía exactamente qué, pero sé que es nuevo y que tal vez aquí comience a aparecer una posible respuesta a la pregunta con la que iniciamos esta columna:

¿Qué ocurre cuando una humanidad llega junta a un mismo punto del mapa?

Tal vez ocurre exactamente esto.

Que las viejas estructuras dejan de darnos respuestas, que la estabilidad anterior comienza a perderse, que el individuo descubre que no puede separarse completamente del proceso colectivo, entonces la pregunta cambia y no es ¿Qué me va a pasar a mí?, es:

¿Cómo vamos a atravesar esto nosotros?

Sí, nosotros, porque ya no somos ni usted ni yo, somos nosotros.

Tenemos una obsesión con saber qué va a ocurrir, pero a ver: ¿Vos hubieras podido explicarle a alguien de 1850 cómo iba a funcionar la internet? Tal vez de esa misma forma es imposible que nosotros entendamos qué nos está ocurriendo.

Quizás algunas cosas, como dije antes, solo pueden comprenderse cuando llegamos a ellas.

Lo que sí sé es que hay formas que ocupan espacio y hay otras que ocupan tiempo, y una transición histórica es una forma y nosotros estamos dentro de ella, no podemos verla desde afuera, no sabemos los límites, ni cómo le van a llamar los historiadores dentro de unos años o dentro de un siglo.

Solamente sabemos que estamos aquí y que lo escogimos antes de venir, porque tal vez, esta época no solo necesita personas que sobrevivan a ella, tal vez, necesita personas capaces de comprender lo que están atravesando.

Personas que no confundan incertidumbre con ausencia de sentido, que podamos estar dentro de una transformación sin exigir conocer inmediatamente su final, que recordemos que perder una estructura no significa necesariamente haber perdido todo y que aunque no sepamos hacia dónde vamos podemos recordar que no somos la Fuente que lo es todo.

Quizás ahí está nuestra más profunda espiritualidad, no necesito tener el mapa completo, no necesito saber qué nombre tendrá esta época, tampoco necesito comprender cuál es mi posición, lo único que necesito saber es, como ser humano, qué voy a hacer mientras atravesamos este tramo, esta transición que nos hace perder la paz y en algunas ocasiones la esperanza.

Creo que la gran pregunta aquí es

¿Quiénes vamos a ser nosotros mientras el mapa se camina por ocho mil millones de personas?

Porque nosotros tenemos el privilegio de estar aquí y ahora. Elegimos vivir y estar aquí mientras el cambio más grande de la humanidad está ocurriendo frente a nuestros ojos.

Tal vez la pregunta es ¿Quiénes vamos a ser nosotros?

¿Y usted, qué opina?


Gabriela Arrieta Quesada
Gabriela Arrieta Quesada
Gabriela Arrieta Quesada
far fa-envelope

Forme parte de nuestra comunidad

¿Te gustaría recibir dosis de inspiración, noticias sobre nuestros cursos, talleres y conferencias, así como consejos para tu crecimiento personal y espiritual?

Suscribirte a nuestro newsletter es completamente gratuito y te permitirá estar al tanto de todo lo que ofrecemos.  ¡Da ese primer paso! Completa el formulario y comencemos juntos este hermoso viaje.

© 2026 Gabriela Arrieta Quesada. Todos los derechos reservados.
Desarrollo por Medium Estudio Digital