Hace treinta años yo no sabía que estaba comenzando una historia.
No había manera de saberlo.
Uno nunca reconoce los grandes comienzos —ni tampoco los pequeños— mientras están ocurriendo. Simplemente los vive. Se equivoca. Insiste. Algunas veces cree que avanza y otras tiene la certeza de que está perdiendo el tiempo.
Después pasan los años.
Y un día uno vuelve la mirada y descubre que aquello que parecía la suma de los días, personas, palabras, decisiones, aciertos y enormes equivocaciones terminó convirtiéndose en una vida.
Este año cumplo treinta años desde que comenzó esta historia.
Y mientras más lo pienso, menos ganas tengo de hacer cuentas.
Porque treinta años no caben en un número.
Tal vez uno descubre demasiado tarde que mientras intentaba construir algo, aquello también lo estaba construyendo a uno.
Y entonces la memoria empieza a hacer su propio inventario.
No cuenta solamente los días felices. Tampoco conserva únicamente aquello que no salió bien.
Guarda las veces que uno dudó. Los proyectos que parecían imposibles. Las palabras que creyó haber dicho al vacío.
Guarda los días en que uno estuvo seguro de haber encontrado el rumbo y aquellos otros en los que no tenía la menor idea de hacia dónde iba.
Con los años he aprendido que una vida también se construye así.
Con lo que salió bien y con lo que salió mal.
Con nuestras elecciones y con aquello que la vida eligió por nosotros.
Con las respuestas que encontramos y quizás todavía más, con las preguntas que se negaron a dejarnos tranquilos.
Treinta años después no puedo decir que comprendo todo lo que ocurrió.
Pero sí puedo reconocer algo: Muchas de las cosas que alguna vez parecieron interrupciones eran, en realidad, parte de esta historia.
La mujer que comenzó este recorrido hace treinta años se parece poco a la que escribe estas palabras hoy.
Era más ingenua.
Creía con facilidad. Confiaba quizás demasiado. Pensaba que bastaba con decir aquello que llevaba dentro para que los demás pudieran reconocerlo también. La vida me enseñó que no siempre era así.
Que hay personas que llegan con las manos abiertas y otras que obligan a aprender a mirar mejor. Que exponerse tiene un precio. Que no todo el mundo comprenderá lo que uno hace, lo que percibe, lo que sabe o aquello que lleva profundamente en el alma.
Durante algún tiempo eso me dolió. Después dejó de hacerlo.
No sé exactamente cuándo ocurrió. Tal vez uno tampoco reconoce esos pequeños cambios mientras están sucediendo.
Un día simplemente descubrí que ya no necesitaba convencer a nadie.
Y esa ha sido, quizás, una de las formas más inesperadas de libertad que me han regalado estos treinta años.
Puede ser que aquella mujer tuviera un poco más de luz en la sonrisa. Pero esta tiene otra mirada. Una mirada que aprendió a detenerse, a escuchar, a distinguir y algunas veces, a ver mucho más allá de aquello que simplemente observaba.
Perdí algo de ingenuidad. A cambio, gané discernimiento. Y hoy sé que crecer también consiste en dejar de entregarles a los demás la autoridad para decidir quiénes somos.
Tal vez esa sea una de las grandes diferencias entre aquella mujer y esta.
Hace treinta años necesitaba muchas más certezas.
Quería saber si estaba haciendo lo correcto, si ese era realmente mi rumbo, si aquello que soñaba tenía sentido, si algún día todo ese esfuerzo llegaría a convertirse en algo.
Hoy tengo menos certidumbres. Curiosamente, también las necesito menos.
He aprendido que hay preguntas que no se responden de inmediato, decisiones cuyo sentido aparece muchos años después y etapas enteras de nuestra vida que solamente podemos comprender cuando ya las hemos atravesado.
También aprendí que el éxito cambia de significado con el tiempo.
Al principio uno cree que está adelante.
Después descubre que está alrededor.
En la gente que encontró en el camino. En las conversaciones que permanecieron. En una palabra que alguien recordó muchos años después de que uno había olvidado haberla dicho. En aquello que sembramos sin tener la menor seguridad de llegar a verlo crecer.
Quizás por eso, cuando miro estos treinta años, me cuesta pensar en ellos como una trayectoria. Los siento más como una enorme colección de encuentros.
Y entonces comprendo que ninguna vida se construye sola.
Somos también, un poco de todos aquellos que nos tocaron la existencia, de las canciones que cantábamos mientras manejábamos, de los libros que leíamos con una lucecita pequeña antes de dormir, de las frases que recordábamos de algún amigo o tal vez un consejo de mamá o papá.
Sí, somos también un poco de todos los que nos quisieron y creyeron en nosotros. De quienes nos hicieron preguntas para las que todavía no tenemos respuesta e incluso de quienes, sin proponérselo, nos obligaron a descubrir una fuerza que no sabíamos que teníamos.
Sí, treinta años no se celebran mirando únicamente hacia atrás.
Se celebran mirando alrededor.
Y cuando lo hago, descubro que en esta historia hay mucho menos “yo” de lo que alguna vez imaginé.
Hay miradas, conversaciones, abrazos, encuentros y palabras que salieron de mí y terminaron viviendo en lugares que nunca llegué a conocer.
Treinta años después entiendo que el tiempo no se llevó nada.
Lo transformó.
Transformó las preguntas en búsqueda, los tropiezos en memoria y los días aparentemente insignificantes en una vida que hoy puedo mirar y reconocer como mía.
Y quizá, después de todo, eso sea trascender:
Haber pasado por la vida de alguien y dejar allí algo que el tiempo no consiguió llevarse.
Uno cree que está construyendo su propia historia hasta que descubre que también estaba formando parte de la historia de los demás.




