Donde termina el ruido y empieza lo que somos - Columna de Gabriela Arrieta

Donde termina el ruido y empieza lo que somos

Al final, no somos lo que soñamos ser…
somos lo que fuimos capaces de sostener.

Hay un momento en la vida —no tiene fecha, no tiene edad— en que uno deja de preguntarse qué quiere ser y empieza a preguntarse qué queda. No qué logro, no qué acumulo… ¿qué queda?

¿Qué permanece cuando el cuerpo se cansa, cuando los hijos ya no necesitan la mano para cruzar la calle, cuando la casa se queda en silencio y los nombres de quienes hemos amado, cuando se pronuncian, empiezan a doler distinto.

La vida no es lo que prometía cuando éramos jóvenes. No es una línea ascendente, ni una suma ordenada de sueños cumplidos. La vida es una serie de pérdidas bien aprendidas, de afectos que se transforman, de decisiones que nos van tallando por dentro hasta dejarnos con una versión más honesta —más desnuda— de nosotros mismos.

La familia… esa palabra que usamos con tanta facilidad, como si no escondiera dentro una complejidad feroz. La familia es, al mismo tiempo, refugio y herida. Es el lugar donde aprendimos a amar… y también donde aprendimos a callar. Donde nos miraron por primera vez… y donde, a veces, dejamos de ser vistos. No hay familia sin grietas. Lo que sí hay —o debería haber— es la posibilidad de sostenernos aun con esas grietas a la vista, sin necesidad de maquillarlas para que el mundo no las vea, ni nosotros tampoco.

Y en medio de todo eso, aparecen las amigas. No las de la foto, no las del cumpleaños perfecto, no.  Aparecen las otras amigas, las que llegan cuando la vida ya no tiene filtros. Las que se sientan con uno cuando no hay nada que decir y sin embargo, el silencio es más grande que cualquier trueno. Las que no necesitan entenderlo todo, pero se quedan igual. Las que saben que a veces el amor no es alegría, solo es compañía. Las que dejan lo que estén haciendo y te escuchan llorar media hora en el teléfono, sí, las que acompañan de verdad, porque acompañar es un acto mucho más serio de lo que solemos admitir.

Porque al final, lo que somos no se mide en lo que dijimos que íbamos a ser. Se mide en lo que sostuvimos cuando todo se movía. Se mide en aquellos a quienes no soltamos. Se mide en las verdades que fuimos capaces de mirar de frente, aunque nos rompieran en pedazos la imagen que nos daba aquel espejo.

Gabriel García Márquez escribió que “La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado”. Y tal vez ahí está una de las verdades más difíciles de aceptar: no nos vamos con lo que hicimos, nos vamos con lo que significó cada cosa que realizamos, cada palabra que dijimos, cada decisión que tomamos. Nos vamos con la forma en que tocamos a otros. Con lo que dejamos vibrando en la memoria de alguien más.

Y Saramago, con esa lucidez casi cruel que tenía, dijo alguna vez: “somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos. Sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir”. No somos inocentes en nuestra propia historia. Somos responsables de lo que elegimos sostener, de lo que elegimos repetir y sobre todo de lo que decidimos cambiar.

Y luego aparece la muerte… esa palabra que evitamos como si nombrarla la acercara. Pero la muerte no necesita permiso. Llega igual. Y cuando llega, no pregunta cuánto teníamos pendiente, ni si ya habíamos entendido todo. Llega. Y deja detrás un espacio que no se llena con objetos, ni con logros, ni con explicaciones.

Por eso la pregunta no debería ser cuánto tiempo tenemos. Debería ser: ¿en qué lo estamos convirtiendo?

Porque al final no quedamos en las fotos, ni en los títulos, ni en las versiones que intentamos sostener frente al mundo. Quedamos en los pequeños gestos que alguien recuerda cuando ya no estamos. En una frase que se vuelve refugio. En una forma de mirar que alguien decide imitar sin darse cuenta.

Quedamos —si hicimos bien el trabajo— en la forma en que enseñamos a otros a amar la vida… incluso cuando duele.  Y eso, aunque no se pueda medir, es lo único que realmente permanece.

Y quizás, cuando llegue ese último instante —ese que no se anuncia y no se negocia— no importará cuánto hicimos, ni cuánto faltó por hacer. Importará si fuimos capaces de amar sin medida, de quedarnos cuando era más fácil irnos, de mirar la vida de frente sin pedirle que fuera distinta. Porque al final, la vida no nos pide perfección… nos pide presencia. Y eso —aunque nadie lo aplauda, aunque nadie lo nombre— es lo único que realmente nos vuelve inolvidables.


Gabriela Arrieta Quesada
Gabriela Arrieta Quesada
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