El país primero, por una vez…

El país primero, por una vez…

Uno de mis escritores favoritos, a quien siempre admiré, lo dijo de una manera clara y diáfana: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.”—Gabriel García Márquez.    

Y me vino a la memoria porque esta elección me importa más de lo que quisiera: porque no se trata solo de votar. Se trata de recordar. Y en Costa Rica, lo que más se está perdiendo no es la paciencia: es la memoria.

Se acerca una elección y hay una verdad tal vez incómoda, pero real: los únicos ganadores decentes deberían ser los costarricenses.

No estamos votando para que gane un partido: estamos votando para que no pierda el país.

En una elección sana, el premio no debería ser el poder: debería ser la decencia.

Y sí, hay algo hermoso pasando: una explosión ciudadana permitida por la tecnología. Gente interesada en “la cosa pública” donde el interés colectivo prevalece sobre el interés privado y que además debe ser gestionada de manera transparente y responsable por el Estado y sus instituciones. “Esa es la cosa pública”. No es la politiquería barata y esta diferencia es vital.    

Porque lo público nos afecta para bien o para mal a todos. Lo público es la calle por la que caminás, el salario que alcanza o no, la educación que forma o deforma, la seguridad que se siente o se finge.

Pero junto a esa explosión hay calor y como diría Sabina: “mucho, mucho ruido”. Ruido de frases recortadas, de verdades sacadas de contexto y convertidas en falacias. Ruido de gente que confunde indignación con pensamiento. Ruido de discursos impecables que se ven bellísimos en cámara… hasta que el país se acuerda.

Y aquí hay un punto importante: una cosa es lo que se vende frente a cámaras; otra cosa es lo que se hizo cuando se tuvo poder. Por eso digo que lo peor no es el maquillaje. Lo peor es el olvido.    La sabiduría, además, se nos volvió mercado, y no digo Mercado Central porque la gente de ahí es decente. 

Hoy se ofrece lo que tiene más salida, no lo que es correcto. Se premia al que grita, no al que argumenta. Se aplaude al que baila, no al que trabaja. Y entonces la política termina pareciéndose a un espectáculo con luces, mientras el país se queda en el barro, tirándose pedazos de tierra unos a otros.    

John Locke escribió “Donde no hay ley, no hay libertad.”

La ley no es un adorno. Es el marco que evita que el poder se vuelva capricho. Sin ley, la libertad es un cuento bonito contado por quien manda.    

Y Platón, hace siglos, lo dejó claro en una frase que debería estar pegada en la puerta de la Asamblea, sí, clavada como clavó Lutero sus 95 tesis en la puerta de la Iglesia: “La justicia consiste en que cada uno haga lo que le corresponde.”    

Al ciudadano le corresponde votar con memoria y sobre todo votar con perspectiva de futuro.    

Al candidato le corresponde generar confianza, no comprarla con shows.    

A los diputados les corresponde legislar con preparación, no convertir el plenario en un circo.    

Y a la oposición le corresponde fiscalizar con responsabilidad, no hacer politiquería barata como si el país fuera una cantina.    

El país no necesita espectáculo. Necesita memoria, carácter y un mínimo de vergüenza pública.    

Porque sí: oposición, por supuesto. Pero oposición responsable. No el pachuquismo que tuvimos los últimos años. No la semilla del odio como combustible. No la división como estrategia.    

El oportunista que siembra odio y trata de dividir para ganar, ese jamás debería llegar. Por una sencilla razón: un país dividido es un país manejado por el miedo y el miedo se apodera de la mente.    

Hay quienes, además, convierten a las personas en utilería electoral. Se sacan fotos, hacen gestos, se montan en causas desgastadas como si fueran tarimas.    

Y aquí voy a decirlo con claridad: los ciudadanos costarricenses somos ciudadanos, con derechos, punto.    No somos ciudadanos por nuestro color, ni por nuestro apellido, ni por la orientación sexual, ni por cómo nos vistamos.    

Lo que enferma no es la existencia de nadie. Lo que enferma es usar identidades humanas como moneda de cambio, como “segmento”, como excusa para repartir privilegios y sembrar más polarización, polarización que hace rato se superó. No señores, todos, todos tenemos derechos por el simple hecho de vivir en esta tierra bendita, punto. No por ser gay, trans o hetero: por ser costarricenses.   

Y cuando el país se harta, cuando el país se asquea, cuando el país ya no tolera lo falso… pasa algo que se parece a un parto.    

El dolor de parto no se describe como destrucción. Se describe como un proceso incómodo, intenso, irreversible. El parto no es cómodo, pero una vez que comienza, algo nuevo nace, aunque duela. Nadie vuelve a ser el mismo después de atravesarlo, ni la madre ni el hijo que nace.   

Costa Rica está ahí: es nuestra madre; está en parto. Y es en este momento donde el movimiento social —que somos todos — decimos “hasta aquí”. Y duele, sí, claro que duele. Pero el dolor no nos autoriza a odiar. Nos obliga a decidir mejor.    

La libertad no se sostiene con consignas; se sostiene con responsabilidad cívica. Y por eso la pregunta que deberíamos hacernos es “¿Quién está a la altura de gobernar un país tan hermoso como este?”    ¿A la altura de un país que merece una Asamblea que nos represente, no que avergüence?    

¿A la altura de una oposición responsable?    

¿A la altura de un proyecto país?    

Porque no se puede construir un país en la desconfianza, en la mentira y menos aún en la estupidez.    

Porque cuando la política se degrada, lo que se degrada no es la palabra “política”: se degrada la vida diaria. La nuestra. La de nosotros, simples ciudadanos de a pie, los que trabajamos, pagamos impuestos y hacemos fila, mientras vemos cómo la representación legislativa se vuelve un negocio: puestos que se reparten, lealtades que se compran, curules que parecen venderse al mejor postor y no al más competente.    

Tengamos presente que nuestras acciones son las que la historia recordará, mientras que lo que omitamos definirá cómo seremos recordados.    

No es lo que prometemos. Es lo que hacemos. Y esta elección nos exige un nuevo comienzo, es aparecer como ciudadanos, no como fans. Es decidir sin ser manipulados por el ruido.    

Si el voto no sirve para limpiar el rumbo, entonces ¿para qué sirve?    

Esta elección no es un ring. Es un examen de conciencia nacional.

Y termino con lo que debería ser lo más simple del mundo y también lo más importante:

El próximo 1 de febrero es un día de fiesta, no importa cuál sea su bandera o la mía… porque nuestra bandera es la misma, es la azul, blanca y roja, es el límpido azul de nuestro cielo, es el orgullo de ser costarricenses y recordar aquella frase de Julio María Sanguinetti:    

“Donde hay un costarricense, esté donde esté, hay libertad”.    

Sí, podemos votar. Muchos países no tienen este privilegio. Nuestra arma no son ametralladoras: es un pedacito de plástico conocido como cédula.    

Usémosla con memoria, usémosla con decencia, pero sea lo que sea que pensemos o queramos, usémosla.    

Porque en esta elección el país debe ir primero, por una vez.


Gabriela Arrieta Quesada
Gabriela Arrieta Quesada
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