Cuando la luz eligió la cueva

Cuando la luz eligió la cueva

Yo celebro la Navidad. Sí, la Navidad. Y quiero seguir llamándola así, con todo lo que suma: el olor a ciprés, el arbolito, el nacimiento, las velas, las luces, las comidas, los regalos, las sonrisas, los brindis y los abrazos.

En un día como hoy recordamos que Dios no eligió el centro. Eligió la quietud para venir. Eligió la oscuridad tibia de una cueva. Eligió el silencio que respira. Los ángeles vinieron, atravesaron el cielo y la noche, y estuvieron ahí, junto a María y a ese Niño, entregándole al mundo el regalo más grande de su Creador: la Luz.

Mientras tanto, en otra cueva, José oraba en silencio. Sentía la cercanía de los ángeles y de esa Luz, agradeciendo, pero sobre todo pidiendo sabiduría y entendimiento. Jesús no nació donde todo estaba resuelto; nació donde nadie miraba, donde el frío era real y la noche era larga.

Nació de una Mujer que, aún conociendo para qué había sido elegida, esa noche se llenó de dudas. No sabía qué hacer. Solo sabía que debía estar sola, hasta que aparecieron los ángeles, hasta que la cueva se llenó del amor que solo la luz pudo dar.

Tal vez por eso Jesús sigue naciendo ahí cada año: en las grietas, en los cansancios, en los corazones que no llegan enteros a diciembre, pero que aún partidos, con pérdidas o vacíos, siguen latiendo.

Navidad se celebra, y también se permite. Se permite que la luz regrese, porque siempre ha estado ahí. Se celebra con amor, con respeto, con fe y con esperanza.

Navidad se celebra en la mesa, en esa mesa que se extiende con todos y cada uno de los que se nos adelantaron; con sus manos —las mismas que tantas veces nos hicieron el pan, los cumpleaños y las Navidades—, con sus gestos, sus risas y su perfume. Porque en Navidad el tiempo deja de ser tiempo y podemos volver atrás, recoger su energía y traerla con nosotros.

Navidad también es recuerdo: olores, niñez, ingenuidad, adolescencia, sueños, esperanzas y dudas. Es permitir que algo sagrado vuelva a nacer en lo más humano que somos, en la fragilidad, en la incertidumbre y en la espera.

Que esta Navidad no te pida alegría obligatoria, ni sentarte donde no quieras; que te pida verdad y paz en el corazón. La Navidad fue el mayor acto de amor de todos: devolvamos lo mismo a los otros.

Porque cuando el amor nace en la cueva, la luz no hace ruido… pero lo cambia todo.

Que esta Navidad recordemos con amor a quienes se nos adelantaron, recordemos con paz lo que hemos caminado y que podamos volver a la cueva, volver a la luz, y dejar que los ángeles nos encuentren otra vez.


Gabriela Arrieta Quesada
Gabriela Arrieta Quesada
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