Una columna para volver al alma en tiempos de ruido:
“¿Dónde está Dios?”, preguntaron al sabio jasídico Menajem Mendel de Kotzk.
“Donde lo dejen entrar”, respondió.
Esa frase se me quedó clavada en el pecho como una llave.
No como un consuelo bonito, sino como una verdad incómoda y luminosa.
Porque hay lugares donde Dios no entra, no porque no pueda… sino porque no lo dejamos.
No entra en el odio que se lanza como cuchillo. No entra en los insultos públicos, en las humillaciones gratuitas, en la necesidad desesperada de dañar al otro para no sentir el propio vacío. No entra en las redes sociales llenas de juicio ni en las cenas donde el alma no es bienvenida.
Ayer viví algo muy duro y lo pensé mucho para compartirlo con ustedes.
No necesito dar nombres, ni detalles. Solo decir que fui atacada verbalmente sin razón, sin historia previa, sin lógica. Fui insultada por existir, por ser mujer, por tener años, por tener cuerpo, por tener voz.
Y por un momento, temblé. No de miedo, sino de asombro. De ver cuánta gente vive a oscuras, aun a plena luz del día.
Porque hay personas que llevan una furia enquistada en el alma. Personas que si no destruyen, no respiran. Que si no encuentran a quién herir, se desangran solas.
Después de una cena exquisita con mi esposo, comiendo y riéndonos mucho, haciendo el recuento de lo vivido en los últimos días… sin previo aviso, una mujer a la que NUNCA había visto en mi vida, se me acercó y me atacó verbalmente con una violencia que aún retumba. Me insultó por mi edad, por mi cuerpo, por existir. Me provocó, se burló, me desafió y todo… sin razón visible, sin historia previa, sin vínculo, solo odio.
Un odio feroz, seco, vacío de todo sentido. Esa mujer me lanzaba palabras que no eran para mí: eran de ella. De su sombra, de su historia, de su fractura. Al final, mi luz, mi presencia, mis palabras le incomodan. No soy la primera ni seré la última que alumbra donde otros solo conocen oscuridad.
Sí, es el odio sin argumento, la rabia que necesita un rostro donde proyectarse.
Vivimos tiempos donde las emociones no sanadas se escapan como flechas, donde el enojo se grita en la calle, donde el veneno se escupe en público sin pudor, donde la gente cree que puede insultar a otra como si insultara al aire.
Anoche aprendí algo nuevo: hay personas que no te conocen y aún así te odian. Porque les molesta tu luz. Porque les duele tu paz. Porque algo en vos les recuerda lo que no tienen.
En mi mente repasé sus palabras, una a una. Y recordé que solo atiné a decir:
“La clase no la da el dinero. La clase se mama. Y claramente usted no pasó por ahí.”
Y otra cosa:
“Estoy profundamente orgullosa de cada día y cada año de mi vida. Creo que usted no podría decir lo mismo.”
Porque no, no me avergüenzo de mis arrugas. No me disculpo de mi “pancita”
No tengo que esconder mi historia, mi cuerpo ha caminado conmigo. Me ha acompañado en la alegría, en el parto, en los logros, en las pérdidas.
Y eso —justamente eso— es lo que incomoda a quienes viven vacíos.
Anoche entendí que cuando alguien te grita: “vieja gorda menopaúsica” está revelando su peor miedo. No hablan de vos, se están describiendo -ahora o en el futuro- porque sino se muere… también le tocará pasar por ahí.
Pero esta columna no es para ella, a quien no le daré ni un segundo de fama, esta columna es para mí. Para recordarme que el veneno ajeno no me define. Que la edad es un tesoro, no un insulto. Y que a ciertas personas no se les responde… se les trasciende.
Hay mujeres que construimos, y hay mujeres que destruyen. La diferencia no está en la historia que vivimos, sino en la elección que hacemos cada día.
Y esa noche, aún temblando, hice una elección: No quedarme ahí, no envenenarme, no abrirle espacio al odio.
Y fue entonces que resonó esa frase como un eco amoroso:
“Dios está donde lo dejan entrar.”
Y me lo pregunté con honestidad…
¿Estoy dejando entrar a Dios en mi enojo? ¿En mi herida? ¿En mi juicio?
¿En mi Navidad?
Porque es fácil armar un nacimiento, encender una vela o regalar una caja.
Pero lo más difícil es abrirle espacio a lo divino en el lugar exacto donde duele.
Donde estoy cansada, donde estoy decepcionada, donde me cuesta amar.
Y sin embargo…. ahí es donde Dios más desea entrar.
Esta Navidad, quiero llenar mi casa y mi alma de luces.
La luz que trajo aquel niñito que nació hace más de dos mil años y que -con su sola presencia- nos cambió la vida, nos enseñó que la mayor victoria… es el amor que no se apaga.
Esta navidad quiero dejar entrar a Dios donde más lo necesito; y si algo puedo desearte hoy, a vos que lees esto, es que también encuentres un rincón —uno pequeño, uno verdadero— donde te atrevás a dejarlo entrar.
Ahí, en ese lugar… nace la verdadera Navidad.




