Río que avanza entre un paisaje natural al atardecer, imagen de la reflexión El río ya bajó de Gabriela Arrieta.

El río ya bajó

Hay un momento en que el río deja de preguntarse si llegará al mar. La fuerza de la corriente ha alcanzado tal velocidad que la pregunta pierde sentido. El cauce todavía puede estrecharse, desviarse, golpearse contra las piedras; pero el agua ya no puede regresar, -aunque quisiera-.

La humanidad lleva un tiempo así.

No sé si usted lo nota. Creo que, en general, estamos demasiado ocupados mirando el partido, el teléfono, el político de turno, el escándalo del día o esa noticia que dura cuarenta y ocho horas y después desaparece como si nunca hubiera ocurrido.

Pero debajo de todo eso, debajo del ruido que fabricamos para no escucharnos, algo se está moviendo. Algo que ya alcanzó la velocidad del río.

A veces parece que la Tierra lo supiera antes que nosotros. Los animales se inquietan, los perros miran hacia lugares donde aparentemente no sucede nada y algunos pájaros comienzan a cantar a medianoche. Hay algo que el instinto percibe mucho antes de que la razón consiga encontrarle un nombre.

En Venezuela, la tierra se sacudió dos veces, con apenas treinta y nueve segundos entre un terremoto y otro. Treinta y nueve segundos: menos de lo que tarda una persona en escribir un mensaje. Debajo de los escombros quedaron hombres y mujeres que tenían nombre, familia, una conversación pendiente y planes para el fin de semana. Para ellos, para quienes los amaban y para un país entero, nada volvió a ser igual.

Eso tampoco tiene vuelta atrás.

En distintos lugares del mundo, el cielo se ha vuelto rojo durante horas. No hablo del color de un atardecer ni tampoco de un celaje. Hablo de un rojo que permanece, que dura y que cambia por completo la manera en que una persona mira hacia arriba.   Los científicos nos dicen que son incendios, polvo del Sahara, partículas suspendidas en la atmósfera o tormentas geomagnéticas. Pero conocer la causa física no siempre consigue borrar la impresión que deja contemplar un cielo que parece haber cambiado de naturaleza.

Los antiguos tampoco fueron indiferentes ante esos fenómenos. En México el cielo se puso rojo según lo escrito por quienes habitaban aquella tierra antes de la llegada de los españoles, dicen que además apareció en el cielo algo semejante a una enorme espiga de fuego. Una llama resplandeciente que podía observarse durante la noche y que fue interpretada como anuncio de lo que vendría. No sabemos si el cielo rojo fue acompañado de una tormenta solar, si fue un cometa o algo más.

En China, Corea y Japón, las crónicas oficiales registraron durante siglos: vapores, luces y resplandores rojos que llenaban el cielo. No se anotaban como simples curiosidades: se guardaban en los archivos de la corte porque se creía que el cielo podía advertir sobre el desorden del mundo. En los antiguos diarios astronómicos de Babilonia también quedaron registrados los famosos cielos rojos. Hoy los científicos estudian muchos de esos testimonios como posibles auroras producidas por una intensa actividad solar. Los antiguos no conocían esa explicación, pero comprendían algo que nosotros parecemos haber olvidado: cuando el cielo cambiaba, había que levantar la mirada porque siempre anunciaba un cambio grande para quienes habitaban la Tierra.

En el CERN, la máquina más poderosa que el ser humano ha construido para intentar entender el universo también está en pausa. El Gran Colisionador de Hadrones, ese túnel de veintisiete kilómetros bajo la frontera entre Francia y Suiza donde las partículas viajan casi a la velocidad de la luz, permanecerá apagado hasta el año 2030. Dicen que es una actualización técnica. Puede ser. Pero hay algo que me llama la atención en el silencio de esa máquina, precisamente ahora, en este momento en que tantas otras cosas también guardan silencio antes de moverse.

Estados Unidos ha comenzado a desclasificar gran parte de la información acumulada durante décadas sobre objetos voladores no identificados, hoy llamados fenómenos anómalos no identificados. Durante muchos años, los gobiernos guardaron bajo llave testimonios, imágenes y reportes de fenómenos que no encajaban en ninguna categoría conocida. Pilotos militares, científicos, personas comunes que vieron algo y callaron porque nadie iba a creerles. Hoy esos archivos se están abriendo.

Todavía quedan documentos, testimonios y preguntas sin respuesta. Quizá lo decisivo no sea solamente qué contienen esos archivos, sino que la humanidad esté aceptando, por fin, que existen fenómenos para los cuales aún no posee una explicación suficiente. Eso tampoco tiene vuelta atrás.

No, nada de eso regresa…

La rotación de nuestro planeta tampoco es tan exacta como durante mucho tiempo lo fue. En los últimos años, los instrumentos han registrado días apenas más cortos que las veinticuatro horas convencionales. Se trata de diferencias diminutas, de uno o dos milisegundos, provocadas por movimientos complejos de la atmósfera, los océanos, la Luna y el interior del planeta.

Un milisegundo parece no significar nada.

Sin embargo, tampoco regresa.

Y yo me pregunto cuánto tiempo más tardará la humanidad en dejar de mirar el teléfono y volver a mirar el cielo. No el cielo del consuelo. El cielo real: el que permanece ahí cada noche, hablando en un lenguaje que alguna vez conocimos y después olvidamos, como se olvidan los idiomas que nadie vuelve a pronunciar.

Existe una clase de sabiduría que no aparece en ninguna pantalla. Llega en el silencio, en la quietud, en ese momento extraño y casi incómodo en que uno deja de correr y simplemente está. Los antiguos la cultivaban con una paciencia que hoy apenas comprendemos. Los animales todavía la conservan. Nosotros la cambiamos, sin que nadie nos lo pidiera, por la velocidad.

Creo que hay muchas personas que sienten lo mismo que yo, pero no tienen palabras para nombrarlo y no crean, yo tampoco las tengo.  Lo único que sé, es que uno se levanta en la mañana con una sensación extraña que no sabe de dónde viene. Que observamos los acontecimientos pero algo dentro nos dice, hay algo más… pero no lo vemos. Que escuchamos hablar de terremotos, de volcanes, de los sismos en cadena, incendios que atraviesan continentes y cielos que adquieren colores que no deberían tener. Los vemos como acontecimientos separados, pero una parte muy antigua de nosotros sospecha que existe un hilo que los atraviesa.

Sí, creo que ese hilo existe.

Creo también que hemos llegado al momento en que el río ya no puede retroceder y eso nos coloca frente a una decisión que no es colectiva, sino profundamente personal:

¿Qué hace cada uno de nosotros con lo que está sintiendo?

Sí, claro, podemos guardarlo y continuar como si nada o podemos esperar a que alguien más lo explique, lo resuelva o nos diga qué pensar. También podemos intentar nombrarlo, observarlo y aceptar, de una vez por todas, que hay cosas que no se resuelven: se atraviesan.

Y atravesarlas despiertos, con los ojos y el corazón abiertos, no es lo mismo que atravesarlas dormidos, con la pantalla encendida.

El río ya bajó y como dice el refrán popular: “Solo las aguas no se devuelven”.

La pregunta ya no es si la corriente continuará. Eso parece haberse decidido en alguna parte, mucho antes de que nosotros llegáramos a este mundo.

La pregunta es ¿Quiénes somos mientras el agua sigue su curso?


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Las Puertas del Destino porque hay caminos que se atraviesan para poder encontrarnos nuevamente…

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Gabriela Arrieta Quesada
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