Representación de María Magdalena con túnica y manto marrón, mirando al frente, para la reflexión Magdala de Gabriela Arrieta.

Magdala

El lago siempre supo su nombre antes que nadie.

Antes de Magdala, antes del padre que le enseñó a leer contra toda costumbre, antes de las manos que un día se posaron sobre su cabeza, hubo un agua fría que la recibía cada madrugada, cuando la ciudad todavía dormía y el cielo apenas decidía de qué color quería ser ese día. Ahí no la llamaban. Ahí no le pedían nada. Ahí, simplemente, era.

Guardaba una cosa pequeña, tallada en hueso, con los ojos entornados y la boca dulce de una diosa que no era la suya. La había tomado sin pensarlo, siendo niña, en una peregrinación, de la misma manera en que se toman las cosas que después nos toman a nosotros. Con el tiempo aprendió que algunas voces se instalan en el pecho y ya no distinguen si vienen de afuera o de más adentro que uno mismo. Aprendió, también, que el mundo tiene siempre una palabra lista para lo que no comprende. A ella le dieron varias. Ninguna era la correcta.

Hay un tramo de su vida que transcurre en un desierto. No hace falta describirlo. Basta decir que caminó, que el cabello ya no le pesaba porque no lo tenía, que contó los pasos como quien cuenta lo único que todavía le pertenece. Y que en algún punto de esa nada dejó de caminar hacia la muerte y sin saber en qué momento exacto ocurrió el cambio, empezó a caminar hacia otra cosa.

Llegó a un río donde otro hombre entraba al agua entre gritos de multitud y el cielo hizo algo que los cielos no suelen hacer. Alguien se volvió hacia ella entre el vapor y el ruido, la cubrió con una tela áspera y dijo su nombre como si lo hubiera guardado para ese instante exacto. No hubo discurso. Hubo una pregunta, breve, casi etérea: ¿querés que te sane? Y una respuesta más breve todavía. Una sola palabra, puede ser toda una vida, cuando se dice bien.

Lo que vino después no se parece a un rescate. Se parece más a un oficio. Aprendió los caminos entre pueblos, los nombres de quienes tenían hambre, el orden en que se acomodan los odres de agua para un viaje largo. Aprendió a leer, en los rostros que se sumaban al grupo cada semana, el motivo verdadero por el que alguien decide seguir a otro ser humano hasta el final: unos por una cura, otros por una promesa, otros —los menos— porque habían encontrado, por fin, algo que no soportaban abandonar.

Estuvo, después, al pie de un madero, sin apartar los ojos, porque hay amores que se miden exactamente por eso: por lo que uno es capaz de no dejar de mirar. Y estuvo, tres días más tarde, en un jardín todavía oscuro, con las manos llenas de aceites que ya no iba a necesitar, frente a una piedra corrida y una tumba vacía que no le devolvía ninguna respuesta.

Alguien le habló ahí. Un jardinero, pensó. Hasta que la nombró.

Y entonces corrió.

No corrió por miedo. Corrió como corre quien lleva una noticia tan grande que el cuerpo no encuentra otra manera de contenerla. Llegó donde estaban los otros, encerrados, sin luz, sin fe, y les dijo lo que había visto con sus propios ojos, antes que ningún otro ojo en el mundo lo viera. Le creyeron poco. Eso tampoco cambió lo que había visto.

De ella quedó, sobre todo, esa carrera. El instante en que una mujer que había sido nombrada de todas las formas posibles —menos la correcta— decidió que la última palabra sobre su vida la iba a decir el agua fría del amanecer, el sí dicho sin pensarlo mucho y una tumba que un día, contra toda lógica, amaneció vacía.

El lago, dicen, todavía recuerda su nombre.


Gabriela Arrieta Quesada
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