Hay algo profundamente humano que todos hacemos. Creemos que la vida consiste en llegar.
Llegar a graduarnos, llegar a enamorarnos, tener hijos, conseguir un trabajo, la casa propia, o aquel viaje que tanto soñamos.
Siempre creemos que lo importante está unos kilómetros, unos meses, unos años más adelante.
Y, sin darnos cuenta... la vida va ocurriendo entre una llegada y otra.
Nunca pasamos de un lugar a otro. Siempre hay paradas en el camino.
Hubo una parada donde conocimos el amor. Otra donde aprendimos a despedirnos. Otra donde descubrimos quiénes eran realmente nuestros amigos. Otra donde dejamos de ser los mismos. Otra donde Dios guardó silencio. Otra donde sentimos que ya no podíamos más. Y otra... donde, sin saber cómo... volvimos a caminar.\
Esta semana, mientras leía el libro de Números, me encontré nuevamente con un detalle que siempre me conmueve. La Torah dedica un capítulo entero a nombrar una por una las cuarenta y dos paradas que hizo el pueblo de Israel durante su travesía por el desierto, también enumera cuidadosamente las tribus de Israel.
No habla únicamente del destino. Habla de cada estación, de cada campamento, de cada lugar donde algo sucedió.
¿Por qué?
¿Por qué Dios quiso que quedaran escritos todos esos nombres?
Porque Dios no solo habita las llegadas, también habita las estaciones donde creemos que no está pasando nada.
Habita las esperas, los silencios, los desiertos, las dudas, los días comunes, los días en que pensamos que la vida se detuvo… cuando en realidad, el alma seguía caminando.
Quizá hoy estés viviendo una parada. No el destino, ni el final tampoco. Solo una parada.
Y eso no significa que estés perdido, significa que todavía estás caminando.
Algún día seremos los antepasados de alguien y quizá, cuando miren hacia atrás, no recuerden únicamente el lugar al que llegamos. Recordarán la manera en que caminamos, las veces que nos levantamos, las personas que ayudamos o los abrazos que dimos o a esperanza que sembramos.
Porque, al final... la vida nunca fue solamente la Tierra Prometida.
La vida también se convierte en todas aquellas paradas que, sin entenderlo entonces, terminaron construyendo el camino.
La historia de nuestra vida nunca estuvo hecha únicamente de grandes acontecimientos. También estuvo hecha de pequeños instantes que decidieron quedarse para siempre.
Porque la Tierra Prometida no comenzó el día en que Israel cruzó sus puertas. Comenzó antes, mucho antes. En cada parada donde el alma aprendió algo que nunca volvería a olvidar.
¿Y si la parada en la que hoy te encontrás no fuera un atraso... sino el lugar exacto donde la vida está preparando el siguiente tramo de tu camino?




