Vista nocturna de París con la catedral de Notre-Dame, libros antiguos, humo y brasas doradas, imagen de la reflexión «Las hogueras de Francia» de Gabriela Arrieta.

Las hogueras de Francia

París, 18 de marzo de 1314.

Jacques de Molay llevaba casi siete años prisionero. Había sido interrogado, humillado y sometido a un proceso que terminaría destruyendo la Orden de los Caballeros Templarios, los cuales había dirigido durante años. Felipe IV, conocido como Felipe el Hermoso, había conseguido prácticamente todo cuanto se había propuesto: Los templarios habían perdido sus bienes, sus fortalezas, su poder y hasta el derecho de defender su nombre.

De Molay había sido torturado brutalmente, pero todavía le quedaba una posibilidad de conservar la vida, aunque fuera encerrado para siempre. Bastaba con mantener las confesiones que había realizado durante su cautiverio y bajo tortura. Pero aquel hombre, en aquel juicio público realizado por Felipe El Hermoso para acallar rumores de que todas las declaraciones eran falsas y obtenidas con torturas espantosas, se atreve a hacer una declaración que pasará a la historia. Jacques de Molay Gran Maestre del Temple, ante Reyes y Príncipes, decidió retractarse públicamente y defender la inocencia de su orden.

«Se me ofrece la vida, pero al precio de la infamia. A ese precio, no vale la pena vivir. No me lamento de tener que morir si sólo puede comprarse la vida apilando una mentira sobre otra».

Jacques de Molay sabía que sus palabras le costarían la vida, esa misma tarde estaba siendo quemado vivo en la hoguera, junto a Geoffrey de Charnay, como herejes relapsos, terminando así la historia de la captura de los Templarios aquel 13 de octubre de 1307.

Detrás de aquella condena había mucho más que acusaciones de herejía. Los templarios habían desarrollado una organización extraordinaria para su época. Custodiaban riquezas, administraban fortunas y habían creado una red financiera que atravesaba buena parte de Europa como el mejor de nuestros bancos conocidos actualmente. Dependían directamente de la autoridad papal y habían acumulado una influencia que difícilmente podía resultar indiferente a una monarquía empeñada en concentrar cada vez más poder como aquella francesa.

Felipe IV tenía sus propios intereses. Y el papa Clemente V, sometido a enormes presiones, terminó suprimiendo la Orden sin que se hubiera demostrado nunca su culpabilidad.
Francia, aquella nación de grandes catedrales, de monasterios y de una profunda tradición cristiana, había sido escenario de una de las persecuciones religiosas más recordadas de la Edad Media.

Casi cinco siglos después, Francia volvió a convertirse en el escenario de una transformación que cambiaría para siempre la historia de Occidente.

Habían aparecido grandes pensadores como Voltaire, Rousseau, Montesquieu y Diderot, hombres que se atrevieron a cuestionar las estructuras de poder, la autoridad de los monarcas y el papel que durante siglos había desempeñado la Iglesia en la vida política y social.

Sus ideas atravesaron las fronteras francesas y contribuyeron a construir buena parte del pensamiento político sobre el que descansan nuestras democracias actuales.

Y aunque sus diferencias eran enormes, compartían algo que considero fundamental: la convicción de que el ser humano debía comenzar a pensar por sí mismo.

Personalmente, creo que pocas conquistas han sido tan importantes para la humanidad como aprender a cuestionar aquello que durante siglos se había considerado incuestionable.
Pero Francia también nos enseñaría que tener grandes ideas no garantiza que sepamos mantenerlas en el tiempo.

En 1789 comenzó una revolución que proclamó la libertad, la igualdad y la fraternidad como derechos fundamentales. Un hombre alzando la cabeza de Luis XVI aún sangrando proclamó allí mismo: ¡Jacques de Molay, al fin te hemos vengado!. Sin embargo, pocos años después, durante el período del Terror, la misma Francia que había levantado aquellos ideales contemplaba ejecuciones, persecuciones religiosas y tribunales que condenaban a quienes eran considerados enemigos de la Revolución.

En 1793, la catedral de Notre-Dame fue escenario de una ceremonia dedicada al Culto de la Razón, uno de los episodios más representativos de la descristianización revolucionaria.
Me resulta imposible no encontrar una profunda contradicción en aquella historia.

Durante siglos, hombres habían muerto porque el poder decía defender a Dios. Ahora otros morirían porque el poder aseguraba estar defendiendo la libertad.

Y mientras tanto, la humanidad seguía buscando una manera de convivir sin necesidad de destruir a quienes pensaban diferente.

Han transcurrido más de dos siglos desde aquella Revolución y Francia se está desvaneciendo ante nuestros ojos. Hace mucho dije que éramos históricos, pero ver cómo un país que tiene sus raíces en grandes pensadores, se ha convertido en un lugar absolutamente irreconocible, manejado por el caos, la violencia sin sentido disfrazado de causas que todos sabemos que son la careta que usa el terrorismo, con sus muchos nombres: Hamás, Hezbolá, Isis entre algunos, cuyos atentados han dejado familias destrozadas, ciudades aterrorizadas y heridas que difícilmente desaparecerán.

Hace algún tiempo escribí sobre las diferencias entre el islam como religión, el islamismo como movimiento político y las interpretaciones extremistas que justifican la violencia. Vuelvo a recordarlo porque me preocupa profundamente que cualquier crítica al fanatismo termine confundiéndose con un ataque contra millones de personas que practican pacíficamente su fe.

El problema no son los musulmanes, ni los árabes. Es el fanatismo que convierte una creencia en una obligación para todos, que pretende imponer sus leyes mediante la violencia y que llega a enseñar a seres humanos que morir asesinando inocentes puede convertirlos en héroes.

No encuentro ninguna grandeza espiritual en semejante interpretación de Dios.

Tampoco creo que una sociedad necesite pertenecer a una religión determinada para conservar sus valores. La compasión, la justicia, el respeto por la vida y la dignidad humana no son patrimonio exclusivo de ninguna fe.

Pero sí me pregunto qué sucede cuando una civilización comienza a olvidar su historia, cuando confunde la tolerancia con la obligación de aceptar cualquier conducta y cuando, por intereses políticos o económicos, deja de enfrentar a quienes amenazan las libertades que tanto le costó conquistar.

Francia no es un país sin Dios. Sería injusto afirmarlo. En ella siguen viviendo millones de personas creyentes y otras tantas que, sin profesar religión alguna, defienden con enorme convicción la dignidad humana.

Sin embargo, me inquieta una Europa que parece debatirse constantemente entre la necesidad de proteger sus principios y el temor de ser acusada de intolerante cuando intenta defenderlos.

La libertad religiosa debe proteger a quienes creen, a quienes no creen y también a quienes deciden abandonar una religión. No puede convertirse en un privilegio para quienes pretenden imponer sus convicciones sobre la vida de los demás.

Pienso nuevamente en Jacques de Molay, en aquel hombre que terminó frente a una hoguera porque el poder había decidido que su existencia resultaba inconveniente.

Y pienso en todos los seres humanos que, siglos después, siguen muriendo porque alguien considera que su religión, sus ideas o su manera de vivir son una amenaza que debe desaparecer.

Tal vez una de las mayores tragedias de nuestra historia sea que hemos aprendido a construir civilizaciones extraordinarias sin conseguir todavía que la vida humana sea verdaderamente sagrada para todos.

Francia ha encendido muchas hogueras a lo largo de los siglos. Algunas fueron reales, otras han sido las de sus conflictos, sus contradicciones y sus profundas transformaciones. Hoy la humanidad entera está observando las hogueras que salen de edificaciones históricas, el regocijo de pintar, romper y sacar estatuas que representan la historia de un país, todo ante la mirada de un gobierno que ha preferido mirar hacia otro lado y no enfrentar lo que es más que obvio, porque advertidos estaban, absolutamente advertidos, pero su silencio y su complicidad hoy, les pasa la factura.

Ojalá la humanidad comprenda algún día que ninguna verdad necesita una hoguera para demostrar su grandeza.

Y que cuando alguien pretende defender a Dios destruyendo aquello que Él creó, quizá lo primero que ha perdido es precisamente a Dios.

Les dejo algunas frases “célebres” de terroristas anunciando esto que iba a pasar, muchos años antes, así que cuando usted enarbole una bandera terrorista por favor, sepa muy bien qué está enarbolando:

"Si puedes matar a un infiel americano o europeo —especialmente a los sucios y maliciosos franceses— o a un australiano o un canadiense (...) confía en Alá y mátalo de cualquier manera. (...) Conquistaremos vuestra Roma, romperemos vuestras cruces y esclavizaremos a vuestras mujeres, con el permiso de Alá".

Abu Mohammad al-Adnani – Isis

"A los cristianos españoles, no olvidéis la sangre derramada de los musulmanes de la inquisición española. Vengaremos vuestra matanza (...) Con el permiso de Alá, Al-Ándalus volverá a ser lo que fue, tierra de califato". Isis

"El sistema entero del colonialismo occidental y el globalismo no perdurará. (...) El mundo entero se someterá a nuestro sistema de justicia y el planeta entero sabrá que no hay más ley que la del Islam. Israel es solo el primer objetivo, el día de mañana todo el planeta estará bajo nuestra ley".
Mahmoud al-Zahar - Hamás


Gabriela Arrieta Quesada
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